Amalia Castro San Carlos, Fernando Mujica y Felipe Cussen. “Chamantos y mantas corraleras de Doñihue: ascenso y consolidación de un textil con DO (1917-2016)”.
RIVAR Vol. 4, N° 2. Mayo 2017 pp 4-30.


 

Artículos

Chamantos y mantas corraleras de Doñihue: ascenso y consolidación de un textil con DO (1917-2016)*

Chamantos and Mantas Corraleras of Doñihue: Climb and Consolidation of a Textile with AO (1917-2016)

 

Amalia Castro San Carlos** Fernando Mujica*** Felipe Cussen****

**Escuela de Historia, Facultad de Comuncaciones y Humanidades, Universidad Finis Terrae. Doctora en Historia. Correo electrónico: castrosancarlos@yahoo.com.mx.

***Escuela de Sommeliers de Chile. Correo electrónico: fernandomujica.chefsomelier@gmail.com.

****Investigador Instituto de Estudios Avanzados Universidad de Santiago de Chile, Dr. en Humanidades. Correo electrónico: felipecussen@gmail.com

 


Resumen

El chamanto y las mantas corraleras de Doñihue (VI Región) representan una de las más prestigiosas Denominaciones de Origen de Chile desde 2014. En el presente artículo, se indagará el proceso mediante el cual el chamanto pasó de ser un tejido relativamente secundario a fines del siglo XIX al tejido estrella del país un siglo más tarde, transformándose en una prenda de alta figuración pública, religiosa y política. Se detectan los diferentes actores que impulsan al chamanto en su consolidación como prenda de prestigio durante el siglo XX. Para ello, se utilizará como fuente la totalidad de la prensa escrita de la Región del Libertador Bernardo O’Higgins, desde 1917 (fecha en que aparece la primera información de chamantos de Doñihue) hasta la actualidad. A ello, se suma información proveniente del Archivo del INAPI, además de lo rescatado en las letras populares chilenas en el ámbito de la literatura criollista, en recopilaciones del folclore chileno y colección FUCOA de cuentos campesinos.

Palabras clave: chamanto, Doñihue, prestigio.


Abstract

The chamantos and mantas corraleras of Doñihue (Region VI) represents one of the most prestigious Appelations of Origin of Chile since 2014. In this article, we will look into the process by which the chamanto went from a relatively secondary fabric at the end of the 19th century to the most appreciated Chilean weaving a century later, transforming itself into a garment of high figuration in public, religious and political areas. The different actors that drive chamanto in its consolidation as a pledge of prestige during the twentieth century are detected. For this purpose, the entire written press of the Libertador Bernardo O’Higgins Region will be used as source, from 1917 (date on which the first information on Doñihue’s chamantos appears) to the present day. To this, information is added from the INAPI Archive, as well as information rescued from Chilean folk literature, in the field of criollista literature, compilations of Chilean folklore and FUCOA collection of peasant tales.

Keywords: chamanto, Doñihue, prestige.


 

Introducción

El chamanto y las mantas corraleras de Doñihue representan una de las más prestigiosas Denominaciones de Origen de Chile. Se trata de tejidos de hilo de algodón mercerizado, conocido como “hilo chamantero”, y son elaborados a telar. El chamanto consiste en una prenda cuadrada o rectangular, con una apertura en el centro para introducir la cabeza, parecida al poncho, pero de muy alta calidad, decorada con figuras representativas del campo chileno y su tradición huasa-campesina. Una tejedora reputada necesita alrededor de seis meses de trabajo para elaborar un chamanto. Actualmente se utiliza como prenda distinguida en los rodeos y fiestas típicas y folclóricas del Valle Central de Chile. La manta corralera, por su parte, posee similares características al chamanto, pero en vez de presentar figuras decorativas lleva listaduras de colores.

El valor simbólico del chamanto y su cuidadosa forma de manufactura lo han colocado en el más alto nivel dentro de las artesanías chilenas: un buen chamanto puede llegar a cotizarse en cuatro mil dólares (2,7 millones de pesos chilenos).1 Y los más refinados hacendados pagan con gusto esa suma, para luego exhibir toda la elegancia del tradicional chamanto chileno.

El chamanto y las mantas corraleras, actualmente, tienen su capital en Doñihue, provincia de Cachapoal, pequeña comuna de la región de O’Higgins, con 80 km2 y 16.000 habitantes, situada 107 km al sur de Santiago. La tradición tejedora de las vecinas y vecinos de Doñihue logró reconocimiento oficial en 2014, cuando estos textiles tradicionales fueron considerados como Denominación de Origen (DO) por el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial de Chile (INAPI). Gracias a la fama y prestigio que alcanzaron los chamantos y mantas corraleras de Doñihue, en la actualidad son alrededor de 40 las chamanteras que continúan con este arte. Debido a sus múltiples reconocimientos, como el Sello de Excelencia Artesanía Chile 2011 y 2012, el Reconocimiento UNESCO Artesanías del Mercosur 2012 y, finalmente, el sello de Denominación de Origen, los chamantos son altamente valorados.2

Este tipo de reconocimientos al valor identitario de los productos típicos en Chile se enmarca en el proceso actual que vive América Latina y que ha tendido a la valorización y protección de dichos productos. Son los casos emblemáticos del tequila en México y el pisco en Chile y Perú (Cortés, 2005; Huertas, 2004 y 2012; Lacoste(b) 2014 y 2016). Junto con ello, en Chile se destacan los casos del queso de Chanco, jamón de Chiloé, chicha de manzana, pajarete del Huasco, asoleado de Concepción y Cauquenes, chicha, chacolí, pipeño, vino pintatani de Codpa (Aguilera, 2016; Mujica et al, 2017; Castro, 2016 y Castro(a) 2016; Lacoste et al 2015 (a, b, c y d); Castro 2015(b) y 2016).

Parte importante de este proceso a nivel americano lo han jugado los textiles de profunda raigambre indígena, girones mixturados con la cultura europea implantada desde la época de la conquista. Y han sido, en gran medida, los estados republicanos del siglo XX y XXI los responsables de esta puesta en valor, especialmente en el cono sur. Dichos estados, a poco más de un siglo de haber sido responsables de los mayores genocidios contra los habitantes originarios de estas tierras, han reconocido a nivel simbólico la importancia de su historia y cultura como parte de un importante proceso de patrimonialización a nivel continental. Y han transformado a estos productos típicos en banderas de identidad, especialmente en el papel que les cabe en su utilización como parte de los presentes que se realizan con motivo de la visita de presidentes o altos dignatarios extranjeros (casos de Chile y Argentina) inclusive, marcando pautas de moda desde el poder, como el caso de Evo Morales en Bolivia y sus finas chaquetas de lana de camélido, o estando presentes en eventos emblemáticos, como la banda presidencial tejida por las chamanteras doñihuanas y entregada a Patricio Aylwin en una asunción al poder que marcó la vuelta a la democracia después de un largo periodo de dictadura.

En este contexto, el chamanto doñihuano transparenta las diferentes estrategias utilizadas como parte del posicionamiento de un producto típico prestigioso. El manejo comercial de las tejedoras, el uso de hilos importados en su confección y su empleo como regalo simbólico del estado es parte de dichas estrategias. Su visibilización a través de la literatura, de la mano de reconocidos escritores nacionales, es clave para entender este proceso.

Es posible apreciar el uso del recurso literario en la construcción de diversos productos típicos de Europa, que tuvieron como base esta estrategia. De ser productos relativamente comunes o modestos, se posicionaron gracias a estos mecanismos, que sirven de sustento para la construcción de un discurso histórico por medio del cual se contribuye a construir la relación de un producto típico con su territorio y su cultura, dándole coherencia interna y ayudando a su promoción externa (Medina, 2010). En el mundo del vino, las novelas de Alejandro Dumas contribuyeron al reconocimiento de los famosos champagne, oporto y jerez, destacando a estos productos típicos como parte constitutiva de la identidad francesa y valorando su capacidad como herramienta para la construcción de alianzas políticas y de poder, mediante un lenguaje simbólico común en torno a estos productos. El vino, de este modo, deviene en símbolo de “lo francés” (Lacoste y Duhart, 2010) del mismo modo que un chamanto deviene en símbolo de la chilenidad.

Ponchos y chamantos aparecen profundamente unidos en la literatura, en una alternancia permanente en sus ámbitos de pertenencia: ¿era el poncho propiedad del campesino y el chamanto del patrón? ¿O era al revés? ¿Cuál era el tejido más fino y codiciado? De acuerdo a Zorobabel Rodríguez (1875) para fines del siglo XIX el chamanto era un prenda de escaso valor, considerado inferior el poncho. La literatura criollista3 consultada, sin embargo, se decanta claramente por la opción de más prestigio para el chamanto. Y los viajeros que recorrieron el país en el siglo XIX también lo apreciaron de esa manera. Así, son coincidentes con los testimonios del viajero inglés Smith en Los Araucanos (1853).

Desde comienzos del siglo XX, el movimiento criollista chileno dedica un importante espacio a esta prenda, como símbolo de distinción o prenda campesina. Relatando la vida en el campo de las altas esferas de la sociedad, Díaz Gana describe el traje de don Modesto Arredondo, dueño de fundo, vestido con “una elegante y fina manta de lana de vicuña [...] ofrecía el más puro tipo de nuestros huasos acomodados” (Díaz Gana, 1916: 44). Molina y Araya (1917: 361) y Vicuña Cifuentes en su recopilación de romances vulgares de Chile (1912: XXIII) reflejan los diferentes usos del poncho campesino y origen humilde. Cincuenta años después de estos testimonios, Barrios (1948) de forma definitiva, al menos desde la literatura, define al chamanto como prenda de élite, de fina factura, de elaboración cuidada y utilizada por una élite ligada al campo como prenda de prestigio. Este hecho queda confirmado por el relato de Barros Lafuente (2012), quien relata su propia historia en 1965 cuando era un adolescente huaso “bien aperado” con un vistoso chamanto.

Por la misma época, los estudiosos del folclore chileno detectaron una manta especial -muy conocida en Illapel, la “manta paca”- con la misma forma del poncho pero de colores más vivos y más delgada, adornada con listas multicolores, cuyo verdadero nombre sería manta payada (de color payado) y era usada en los rodeos (Vicuña Cifuentes, 1912: XXIII; Plath, 1962). Sin embargo, el estudioso Ramón Laval en 1916 describe a la chamantera como una “fabricante de chamantos, especie de polzcho (sic) de tejido ordinario, con o sin flecos” (1916: 114-115). ¿Habrá observado personalmente esta prenda o, al registrar el folklore de Carahue, referenció el chamanto con lo que sostenía Zorobabel Rodríguez unos años antes? Más recientemente, encontramos estudios que desarrollan la temática del mundo huaso chileno (Cardemil, 2000; Lago, 1950) en los cuales se dedica un breve espacio a la vestimenta del huaso y al chamanto como una de las prendas más lucidas y vistosas, informando de un posible origen godo de las decoraciones. Sin embargo, la imaginería de la época no parece corresponderse con los dibujos que ostentan las imágenes de los chamantos más antiguos, al parecer más inspirados en los motivos geometrizados indígenas que en los europeos.

De manera similar, Salazar y Cordero (2014) afirman que los chamantos recrean diseños de la tapicería europea de los siglos XVIII y XIX, considerando esta prenda (Alvarado y Guajardo, 2011) como heredera de los ponchos lujosos del siglo XIX y la textilería mapuche. Un análisis más profundo lo realizan Guajardo y Gruzmacher (1998), quienes intentan desarrollar el chamanto con profundidad histórica, a partir de fuentes éditas. Las autoras proponen que el poncho listado es un antecesor de la actual manta corralera, que progresivamente va disminuyendo su tamaño y estructurando su diseño en campos y listas, complejizándose con el correr del tiempo, de la mano de los impulsos comerciales, sucesivos, de Ana Rosa Acevedo y María Romero (Gruzmacher y Guajardo, 2009). Por último, aunque es posible rastrear antecedentes en zonas como Cauquenes y Bío Bío,4 Pablo Lacoste (2016) ha realizado el primer estudio de los chamantos doñihuanos y su profundidad histórica, estableciendo su nacimiento, en los corregimientos de Rancagua y Colchagua en 1821, como un derivado del balandre medieval que originalmente fue un textil utilitario para el campesino, demorando alrededor de 150 años en convertirse en prenda fundamental de los huasos corraleros.

En el presente artículo se indagará el proceso mediante el cual el chamanto pasó de ser un tejido relativamente secundario a fines del siglo XIX al tejido estrella de Chile un siglo más tarde, transformándose en una prenda de alta figuración pública, religiosa y política. Para ello, se utilizará como fuente la totalidad de la prensa escrita de la Región del Libertador Bernardo O’Higgins, desde 1917 (fecha en que aparece la primera información de chamantos de Doñihue) hasta la actualidad.5 A ello, se suma información proveniente del Archivo del INAPI, con el registro oficial de marcas y etiquetas correspondiente a chamantos, además de lo rescatado en las letras populares chilenas, en el ámbito de la literatura criollista y recopilaciones del folklore nacional.

 

El ascenso del chamanto: sobre el prestigio y sus componentes

¿Por qué el chamanto no pereció a la embestida del afrancesamiento de las élites entre los siglos XVII y mediados del XIX en Chile? ¿Qué tuvieron de especial los chamantos que pudieron imponerse frente a pautas de consumo extranjerizantes? ¿Y por qué en Doñihue y, más puntualmente, en Camarico (un barrio al interior de Doñihue)? ¿Cuál fue el proceso mediante el cual el chamanto pasó de ser un tejido secundario a fines del siglo XIX a ser el tejido estrella de Chile, capa de honor para el Santo Padre romano, prenda ritual para los hábiles huasos jinetes y señal de distinción para el mundo político? Creemos que estas preguntas encuentran respuesta desde mediados del siglo XIX, época en que el chamanto comienza a consolidarse como prenda de prestigio, creada intelectualmente por la élite, en un proceso que termina por quedar establecido en el siglo XX mediante las actividades de la tienda La Doñihuana. Sus fundadores, Francisco Martínez de Pablo (español) y Ana Rosa Acevedo (doñihuana) supieron capitalizar el conocimiento textil proveniente de la yuxtaposición indígena y europea, disperso en un amplio territorio desde los corregimientos de Rancagua y Colchagua hasta Los Ángeles, hasta focalizarlo en Doñihue. María y Amalia Romero (madre e hija, respectivamente) por su parte, gracias a la creación de un circuito comercial de élite, se focalizaron en producir textiles cada vez más diferenciados y de mayor calidad, llegando, en la década del 40 del siglo XX, a hacer permanente el cambio más radical y revolucionario, que enmarcaría en forma definitiva al chamanto como prenda de prestigio: se dejó de utilizar lana como materia prima de fabricación (lana asociada al mundo indígena y campesino) para utilizar exclusivamente hilos franceses e ingleses en la confección de dichas prendas, material que se conoce como “hilo mercerizado”.

Dado que el prestigio es necesario dentro de la formulación de las élites, dichas élites asumen diferentes elementos como barreras identificatorias. La élite chilena tardocolonial y republicana, configurada por Joaquín Edwards Bello en su primera novela (El Inútil, 1910) muestra claramente los indicadores de su condición: en primer lugar, prácticas económicas tradicionales y, más puntualmente, se ha señalado la asociación con la tierra y latifundios como sello distintivo. Con una producción fundamentalmente agraria, la posesión de grandes extensiones de tierra era el primer símbolo de pertenencia a la élite (Vicuña, 2001).

Este hecho, junto con su asociación en el siglo XX con el sistema mercantil (aunque aún así considerado “conservador”) de la mano de la llegada de ingleses, franceses y otros europeos, resulta en la adquisición de un patrimonio que contrastaba con la situación material de dos tercios de la sociedad de comienzos del siglo XX (Giesen Flaskamp, 2010). La adopción del gusto por la riqueza y los lujos de mano de los europeos inmigrantes contrastaron con el valor austero de la élite hispanocriolla (Vicuña, 2001). De este modo, se conforma un capital simbólico y cultural que permite explicar las decisiones de la élite sobre el consumo de ciertos bienes y la decisión de influir sobre un producto elaborado localmente (como el poncho) al que, mediante dicha intervención, se le agregó valor económico y simbólico. ¿De qué se trató esta intervención? ¿Cómo se llevó a cabo? Es lo que explicamos a continuación.

 

La construcción del chamanto como prenda de prestigio: la materia prima

El chamanto, como derivación de las tradiciones prehispánicas incas, los ponchos y mantas mapuche y el balandre español, con uso de telar europeo (Guajardo y Gruzmacher, 1998: 64; Cardemil, 2000: 203; Lacoste, 2016) era originalmente tejido de lana, que era hilada, retorcida y teñida con tinturas vegetales por las propias tejedoras. Sin embargo, existen testimonios tempranos de la utilización de otras fibras para su elaboración. En concreto, hilos europeos tomados de telas importadas a mediados del siglo XIX, cuestión que podría derivar de la escasez de esta materia prima en Chile.

La elección de una fibra determinada para la materia prima de un textil es la primera definición del vigor, resistencia y densidad del mismo. Al mismo tiempo, definirá también sus potencialidades expresivas. Es en las mantas masculinas mapuche donde se aprecia una combinación de técnicas y colores de alta complejidad, que requiere de un esfuerzo creativo para su confección, solo manejado por una maestra tejedora (düwekafe): cada manta da cuenta de la condición, jerarquía y pertenencia de su portador, una construcción simbólica que tiene la capacidad de asociar la manta al poder o prestigio de su dueño (Alvarado, 1998: 45; Mege, 1990). Todo ello comienza con la elección de la fibra.

El uso del chamanto como símbolo de prestigio y poder fue retratado por Eduardo Barros, considerado el primer novelista chileno y premio nacional de literatura, en su novela Gran Señor y Rajadiablos (1948) en la que, entre otros temas, retrata la pasión del patrón José Pedro por los chamantos y de los huasos elegantes por lucir una de estas prendas. Su amor por las mantas y chamantos llegaba a extremos: “vive a caza de buenas tejedoras y colabora en los telares con ideas para colores y tramas. Guarda para hilar los mejores vellones y encarga las más puras anilinas para matizar sus lanas. Ha extremado su celo hasta deshacer telas finas del extranjero para utilizar las hebras extraordinarias” (Barros, 1948: 117).

El texto de Barros indica una práctica que no parece alejarse de una realidad existente desde mediados del siglo XIX. El viajero inglés Edmond Reuel Smith, en 1853, visitando Los Ángeles, encuentra una casa que albergaba varias “niñas” ocupadas en tejer ponchos. Allí comprende que los colores brillantes de dichos textiles, alejados de los tonos tierras utilizados por los indígenas, se obtenían deshilachando las franelas inglesas o francesas. “Las hebras delgadas que así se procuran son después torcidas unas con otras, hasta conseguir un hilo del grueso necesario”. Más aún, deja anotado que en el telar se estaba tejiendo una “chamanta-nombre que se da a ponchos que se componen nada más que de listones de colores diversos”, prenda que llamó poderosamente su atención a causa de lo fino de su textura y confección (Smith, 1914: 21-23).

Este testimonio resulta fundamental para esclarecer uno de los componentes del prestigio del actual chamanto, porque establece que el material con que se realizaban era singular, costoso y alejado de las posibilidades de las esferas más pobres de la sociedad y, por tanto, apto para el consumo exclusivo de las élites. De hecho, el cambio del uso de lana como materia prima al algodón mercerizado (que es utilizado hasta el día de hoy para confeccionar los chamantos) se concretó alrededor de 1935 de la mano de la tejedora Amalia Romero por dos razones fundamentales: en los años ’30 hubo escasez de lana importada por la crisis económica y, por otra parte, la lana es más dificultosa para tejer que el hilo, porque suelta pelusa. Y al contrario, el tejido en algodón es más rápido y liviano (Guajardo y Gruzmacher, 1998)

Previo a ello, y desde las últimas décadas del siglo XIX, las tejedoras doñihuanas, de la mano del impulso comercial de “La Doñihuana” fueron adoptando lanas cada vez más finas, aprovechando las noveles importaciones de lana de calidad europeas (alemanas, andaluzas) profusamente anunciadas en los periódicos locales, como las aparecidas en El Progreso (San Fernando) a partir del 13 de julio de 1889 y hasta fines de ese mismo año (Figura 1), refiriéndose al hilo Cochrane 94 comercializado por Kerr y Cía como el hilo “N.M.T” (“No Más Tropiezos”) refiriéndose a un hilo de calidad que no tenía la característica típica de algunas lanas al ser trabajadas en los telares, lo que disminuye el valor de una prenda por causar imperfecciones en la textura final del producto.

 

Figura 1. Anuncio de Hilo Cochrane-94 “N.M.T.”

Fuente: El Progreso. San Fernando, 13 de julio de 1889.

 

Para la época en que comienza la primera etapa marcada de comercialización del chamanto (el primer aviso registrado de venta corresponde al 1° de julio de 1917 en Rancagua) la casa de Pedro A. Montenegro ofrece en portada, en el periódico El Liberal (San Fernando) con fecha 7 de julio de 1912 (y durante todo ese mes) venta con 50% de descuento de un surtido de mercadería comprados a los distribuidores/importadores instalados en el puerto de Valparaíso “Casa Tapia” (Figura 2). Entre dichas mercaderías se ofrecen en venta elementos importados como pañuelos de rebozo y casimires ingleses. Como hemos visto, estos elementos podían ser adquiridos localmente por miembros de la élite para luego ser utilizados en su deshilado para la confección de un chamanto.

 

Figura 2. Detalle aviso de venta Casa de Pedro A. Montenegro

Fuente: El Liberal. San Fernando, 7 de julio de 1912.

 

La construcción del chamanto como prenda de prestigio: valor real y simbólico

Sin duda, la materialidad incide en el valor, tanto real como simbólico, de la prenda terminada. Y dentro de este mundo de fibras, es preciso realizar una primera distinción que tiene que ver con la valorización actual de prendas finas, como el chamanto, con otros textiles de similar categoría. Nos referimos a mantas de vicuña (Argentina, Perú) y las prendas de lana fina que Evo Morales ha puesto en el foco de su identidad (Bolivia). Una manta catamarqueña como la regalada a Michelle Obama en 2015, realizada con materiales exclusivos, de esquilas de vicuña provenientes del norte de Catamarca y un año completo de trabajo para su elaboración, puede llegar a costar U$S 3.170. Dicho valor es el máximo pesquisado, partiendo desde los U$S 1400 aproximadamente.6 En cuanto a las prendas bolivianas de Evo Morales, la chaqueta que utilizó en la toma de poder, de alpaca bebé negro con aplicaciones de aguayos de 80 años de antigüedad, tuvo un valor de U$S 500.7 En este contexto, el chamanto doñihuano se ubica en el mayor rango de precio para este tipo de prendas. Y ello, posiblemente, se deba a la materia prima utilizada para su confección: no es lana local, sino hilos europeos.

Materiales como los utilizados para elaborar un chamanto se encontraban alejados de las clases trabajadoras; tanto, que ni siquiera podían acceder a ellos las tejedoras para utilizarlos como material de fabricación de prendas para la venta. En el caso relatado por Smith, en Los Ángeles, 1853, el dueño de la prenda había escogido los motivos y entregado los materiales. La tejedora, por alrededor de cuatro meses de trabajo para la elaboración del chamanto (consistente con el tiempo que demoran actualmente las chamanteras en la elaboración de una estas prendas) recibiría un pago de $12. El autor calcula el precio total de la prenda en $34.

Estas referencias son interesantes para conocer el valor material del chamanto a mediados del siglo XIX. En las referencias más antiguas, los balandranes8 (las prendas más aproximadas por su calidad y prestigio a los chamantos) se tasaban, en el periodo 17361840, nuevos, desde $10 y hasta $47 si eran de labor. En el caso expuesto, el pago a la chamantera es de $12 por la confección. Por otra parte, se ha valorizado, en el mismo periodo, a $10 los hilos componentes de un balandrán. Es decir, podríamos inferir que el costo (valor económico) de un chamanto a mediados del siglo XIX era de $22 y su prestigio (valor simbólico) agregaba $12 al valor de la prenda terminada.

A fines referenciales es útil fijarse en el valor de los animales para realizar una comparación con los tiempos actuales.9 En este caso, la prenda tasada por Smith a $34 equivaldría a 34 ovejas, tasadas a $1 por cabeza en la misma época. Es decir, bordeando el siglo XX, tenemos valores muy aproximados a los actuales. Hoy día, una oveja se tasa entre $40.000 y $70.000.10 Si consideramos el valor de 34 ovejas a un precio mínimo de $40.000, resulta que un chamanto valía en aquella época $1.360.000 (es decir, poco más de U$S 2000). Si tomáramos el valor máximo, resultaría en $2.380.000 (U$S 3.650). Estas tasaciones resultan consistentes con los precios actuales de los chamantos, cotizados a prácticamente 2.7 millones de pesos chilenos (casi U$S 4000).

En cuanto al valor del trabajo, tomamos como referencia los usos y costumbres del sistema colonial para mediados del siglo XIX, en que el jornal de trabajo se pagaba a 4 reales por día (Mujica et al, 2007). Por tanto, si una tejedora recibía $12 (o 96 reales) por cuatro meses de trabajo, significa que recibiría 24 reales mensuales, pudiendo completar un ingreso anual de 288 reales, equivalente a $36. En ovejas, 36 ovejas anuales o 3 mensuales. A precio actual, tomando como referencia el valor de la oveja en $70.000 (que resulta en el valor más aproximado al chamanto actual) significaría un ingreso mensual de $210.000, lo que no alcanzaría a un sueldo mínimo actual, fijado por ley en $264.000. Si pudiéramos extender esa relación hasta el presente, hoy día una chamantera puede percibir $2.700.000 por cuatro meses de labor. Descontando el valor de la materia prima ($500.000 de acuerdo a las entrevistas realizadas a las tejedoras miembros de la Asociación Chamanteras de Doñihue en septiembre de 2016) ello significa que, por los mismos cuatro meses de trabajo, una chamantera recibe un pago mensual de $550.000. Es decir, más de dos veces el sueldo mínimo y casi tres veces el valor puesto al trabajo de la tejedora a mediados del siglo XIX.

Buena parte de estas valorizaciones se debe al esfuerzo de dos tejedoras doñihuanas con gran visión comercial. El primer gran impulso comercial lo realizó doña Ana Rosa Acevedo, propietaria de la tienda “La Doñihuana” que inicia actividades en 1911 (Guajardo y Gruzmacher, 1998) y comienza a publicitar sus productos desde el 1 de julio de 1917 (en La Semana de Rancagua, Figura 3). Ella tuvo la capacidad de poner en circuito estas prendas. Doña Ana Rosa, originaria de Doñihue, a través de sus contactos con vecinas tejedoras de su pueblo natal, inició la comercialización del chamanto doñihuano. Don Francisco Martínez de Pablo, su marido y antiguo mayordomo de la hacienda de Aculeo, recorría las distintas ciudades del país vendiendo dichos chamantos y aperos de huaso que él mismo fabricaba, y también de otros artesanos. De esta manera “La Doñihuana” fue una tienda pionera y reconocida por vender productos típicos, entre los cuales el chamanto de Doñihue tuvo una figuración especial. En su publicidad, destacan los logos que tempranamente adquieren, así como los productos ofrecidos entre los que descolla el chamanto, fino, de labor, de una o doble faz. En un artículo publicado por Chile Nuevo (Rancagua, 19 de abril de 1925) en que se recorren las industrias locales, se destaca a “La Doñihuana”, calificado como un negocio de “primera clase”, con gran calidad y variedad de mercadería, detalles que realzan las prendas como “originales”, todo lo cual ponía a este emprendimiento “a la cabeza de los establecimientos similares de todo el País”. En esa época, llama la atención entre los artículos ofrecidos unos “finos de alta novedad [...] chamantos de lana, muy hermosos desde $200” (Figura 4). Se insiste además, desde los primeros avisos comerciales, en la hechura a “gusto del cliente” (Figura 5). Todos los conceptos vertidos por este artículo en torno a “La Doñihuana” aluden a la consolidación de un textil de prestigio, pensado para la élite.

 

Figura 3. Primer aviso comercial de “La Doñihuana”

Fuente: La Semana de Rancagua. Rancagua, 01 de julio de 1917.

 

Figura 4. Rancagua y sus industrias: “La Donihuana”

Fuente: Chile Nuevo, Rancagua y sus industrias: La Doñmuana . Rancagua, 19 de abril de 1925.

 

Figura 5. Obraje “a gusto del cliente”

Fuente: La Semana de Rancagua. Rancagua, 06 de abril de 1919.

 

Gracias a la visión comercial de Ana Rosa y su marido Francisco, “La Doñihuana” se transformó en una marca potente, que comenzó con la figura del huaso montando a caballo presente en los avisos comerciales (Figura 6) como un emprendimiento capaz de reconocer y comercializar productos típicos de alta calidad y singularidad como el chamanto de Doñihue. El 23 de junio de 1925, en oficinas del INAPI, se formalizó el éxito comercial iniciado por el matrimonio Martínez-Acevedo, con el registro n° 35987 de la marca “La Doñihuana” (Figura 7). En el mismo, se aclaraba que era una tienda “para vender chamantos y otros artículos para montar”, dejando establecido, además, que “la figura del huaso montado aisladamente no constituye una marca, por ser de uso general. El presente título de marca se refiere al conjunto del jinete a caballo con el agregado ‘La Doñihuana’”.

El registro realizado por el INAPI resguarda de manera indisoluble una historia de amor y esfuerzo que forjó el matrimonio entre Ana Rosa (“La Doñihuana”) y Francisco (el huaso montado a caballo con su chamanto de Doñihue). En un solo símbolo hicieron imperecedera su unión, trascendiendo en el tiempo y la historia, llegando a ser la imagen más reconocible de este producto.

 

Figura 6. Aviso comercial de “La Doñihuana” con la primera figura de huaso a caballo

Fuente: La Semana de Rancagua. Rancagua, 15 de agosto de 1920.

 

Figura 7. Primer registro de la marca “La Doñihuana” en INAPI

Fuente: INAPI. Registro n° 35987, 23 de junio de 1925.

 

Posteriormente, el 4 de mayo de 1938, en la ciudad de Rancagua, en los archivos del INAPI se registró la ampliación del giro comercial por Martínez y Hermanos, manteniendo una tradición familiar y, al mismo tiempo, destacando el vínculo cultural con la región del Libertador Bernardo O’Higgins. En este registro, el rubro comercial se encuentra ampliado a “establecimiento para la fabricación y venta de mantas, ponchos, útiles de labranza, monturas, aperos campesinos, etc.” englobando, así, buena parte del mundo material alrededor de la vida huasa de la región. Casi 20 años después, el 3 de febrero de 1953 Luis Martínez Acevedo, hijo de Ana Rosa y Francisco, quien posiblemente haya quedado a cargo del negocio familiar, modificó la imagen de la tienda “La Doñihuana” agregando color y conceptos que legitimaron los productos típicos de Doñihue que la tienda expendía, con “sello de garantía” para vender “chamantos, mantas, fajas” y otros artículos.

 

La construcción del chamanto como prenda de prestigio: el regalo precioso

El chamanto termina de posicionarse como una prenda de prestigio durante la época republicana y se consolida en el siglo XX por medio de su utilización como prenda “embajadora” del país, al transformarse en presente para importantes figuras internacionales. Este tipo de estrategias ha sido utilizada en Europa para el posicionamiento de productos típicos que lograron, por el prestigio de su uso, una Denominación de Origen.

El caso de la DO Cahors, en Francia, es ilustrativo: enfatizó el varietal (Malbec) por sobre el terroir porque fueron los vinos Malbec los preferidos por las élites desde tiempos romanos y, desde el siglo X en adelante, fue reconocido y degustado por reyes, emperadores y papas como Enrique III, Eduardo III, Felipe el Hermoso, Carlos IV, Pedro el Grande y Juan XXII, entre varios reconocidos personajes históricos. Con ello, destacan que el Malbec de Cahors es el mejor malbec del mundo porque es el vino de las élites ligadas tanto al poder político como al religioso (Lacoste(e), 2015).

 

Figura 8. Foto APEC 2004. Líderes políticos vistiendo chamantos donihuanos

Fuente: http://www.apec.org/Meeting-Papers/Leaders-Declarations/2004/2004_aelm.aspx

 

Como prendas identitarias, distintos tipos de ponchos en América Latina tienen figuración en este sentido. En Argentina, la actual Primera Dama, Juliana Awada, regaló una manta de vicuna artesanal del valle catamarqueno de Belén a Michelle Obama durante su visita al país en 2015. En Perú, los líderes vistieron prendas de vicuna en la foto oficial de la cumbre APEC 2016 por considerarse “el tejido más fino y emblemático del Perú”. En Chile, la prensa registra desde temprano el siglo XX la utilización del chamanto como prenda exclusiva para realizar regalos a la élite poderosa ligada al mundo huaso o a la política. El 5 de noviembre de 1933 La Palabra de San Fernando relata el comienzo del Rodeo, la más importante fiesta huasa en la que los corrales se lucen en destrezas y premios (y se muestran en sus magníficos chamantos). Para dicha ocasión, la colonia Árabe donó seis chamantos como premios para los huasos “con un valor superior a $1200” (La Palabra, San Fernando, 5 de noviembre de 1933: 2). Poco después el pueblo de Doñihue recolectó dinero para regalar al presidente del Frente Popular electo, don Pedro Aguirre Cerda, un chamanto, por tratarse de “un original regalo [que] será un exponente máximo de este arte regional” (La Tribuna, Rancagua, 08 de noviembre de 1938: 1). El arte de la chamantería se inserta así en el mundo de la política, extendiéndose la costumbre de regalar chamantos como símbolo de la nación a los presidentes de otras naciones en ocasión de sus visitas al país, como el regalo realizado en el contexto de la cumbre APEC en el año 2004 y posteriores (Figura 8).

Del poder económico, al poder político, solo falta un poder que conquistar en el posicionamiento del chamanto como producto de élite: el poder religioso. El periódico El Rancagüino deja constancia de este hecho, registrando el regalo de la comunidad doñihuana de una casulla y estola (Figura 9) al papa Juan Pablo II con ocasión de su histórica visita a Chile, en el año 1987. En ésta, la única visita que el máximo pontífice ha realizado al país, se llevó un tejido realizado por las chamanteras, un chamanto adaptado a la vestimenta papal. El tejido completo, realizado por Julia Peralta (reconocida tejedora y maestra de tejedoras, actualmente retirada) fue pensado cuidadosamente: la casulla, con 3 metros de largo y 1,30 de ancho, contempló un diseño de espiga (para simbolizar el pan) y vid (la sangre de nuestro señor Jesucristo) en los colores tradicionales del Vaticano. En una segunda noticia publicada por el mismo periódico, se da cuenta del enorme trabajo realizado por doña Julia al completar su labor (El Rancagüino, Rancagua, 26 de marzo de 1987, en portada).

 

Figura 9. Julia Peralta sosteniendo la casulla y estola regaladas a Juan Pablo II con ocasión de su visita a Chile

Fuente: El Rancagüino, Rancagua, 26 de marzo de 1987, en portada.

 

Fue la misma Julia Peralta quien entregó al Papa (Figura 10), en sus manos, la casulla y estola durante las actividades que desarrolló el tercer día de su visita a Chile, en el Templo Votivo de Maipú, el 2 de abril de 1987, ante 100.000 personas (González Urra, 2011: 71). Alejada del poder político, se negó a ser parte del grupo de las chamanteras que tejieron para regalar un chamanto a los presidentes reunidos en la cumbre de la APEC en el año 2004. Y ese mismo año, su religiosidad personal y el reconocimiento que de ella hace la Iglesia Católica llevaron a que ese mismo año el Episcopado chileno le encargara un chamanto que le regalaron al Papa Benedicto XVI en la ceremonia de canonización del Padre Hurtado. Cinco años más tarde, bordó el manto de la Virgen del Carmen que le regaló el Vaticano a Chile por el Bicentenario (La Segunda, 9 de septiembre de 2016).

 

Figura 10. Julia Peralta entregando la Casulla Papal

Fuente: <http://www.fotolog.com/lore_pato_igna/40592602/>

 

Conclusiones

Gracias a la fama y prestigio que alcanzaron los chamantos y mantas corraleras de Doñihue, en buena medida gracias a “La Doñihuana”, que tuvo la capacidad de poner en valor este producto típico y resguardarlo como tal en el registro de marcas del INAPI, en la actualidad son alrededor de 40 las chamanteras que continúan con este arte. Debido a sus múltiples reconocimientos, como el Sello de Excelencia Artesanía Chile 2011 y 2012, el Reconocimiento UNESCO Artesanías del Mercosur 2012 y, finalmente, el sello de Denominación de Origen, los chamantos, confeccionados de hilo, son altamente valorados.

El Estado de Chile adoptó una importante estrategia de patrimonialización con este producto típico, al posicionarlo como un regalo precioso de altas connotaciones políticas. El resultado de haber transformado al chamanto en una prenda simbólica, con valoración estatal, bandera de la identidad chilena y representativa del país, ha sido una Denominación de Origen que goza de buena salud, con fuerza para proyectarse en el tiempo y protegida por la ley chilena.

El camino seguido por el chamanto es singular para un producto típico: desde su forma de balandre colonial, el chamanto o balandre republicano se producía en su forma “primitiva” de lana con diseños de colores, al estilo mapuche y español, en una extensa zona en Chile, desde la zona central hasta Los Ángeles (al menos). Las chamanteras eran empleadas por los miembros de la élite como mano de obra para la realización de dichos chamantos. A las tejedoras se les entregaban materiales refinados y diseños europeos para la elaboración de su arte. De este modo, las tejedoras tenían ganancias mínimas y no controlaban el negocio: respondieron a una demanda que pedía objetos de lujo para la élite.

La presencia y consolidación de la tienda “La Doñihuana” terminó de perfilar al chamanto como objeto de lujo. Mediante los registros de propiedad intelectual, se fue apropiando del negocio y la fama de las tejedoras para Doñihue. Las tejedoras de chamantos, ahora identificadas con Doñihue, y un barrio específico en su interior donde se concentraban las tejedoras (Camarico) se asociaron con “La Doñihuana” para vender sus productos pero con una gran diferencia respecto de la última mitad del siglo XIX. En el caso analizado, puede inferirse que la diferencia económica y simbólica de la prenda terminada quedaba para el miembro de la élite que pagaba el trabajo de la chamantera. A partir de “La Doñihuana”, y hasta el presente, la diferencia económica queda para las chamanteras y la simbólica para el comprador. Actualmente, el chamanto es reconocido con el mayor valor económico respecto a sus pares latinoamericanos.

Las chamanteras, que pueden llegar a ganar hoy día tres veces más que a mediados del siglo XIX, dan cuenta de un proceso que tiene que ver con la protección legal del trabajo (INAPI) y la concentración de la fama textil de una zona extendida en un punto específico -Doñihue- y la construcción del chamanto como producto típico de lujo. La capacidad de entender la elaboración de un producto típico como un negocio y su focalización en el nicho de élite hizo que el trabajo de La Doñihuana rebasara, insospechadamente, los límites de su propia labor: el chamanto se posicionó en todos los núcleos posibles de élite, desde el poder económico al poder político, pasando por el religioso.

La precisión de su técnica, belleza y su utilización como prenda de gala de los huasos en el Champion (Rancagua, capital del mundo huaso) y ceremonias importantes han consolidado un prestigio bien ganado. Los artesanos chilenos eligieron al chamanto como tejido simbólico para la realización de obsequios para los más notables. El caso más extraordinario es el regalo de la casulla doñihuana regalada al Papa Juan Pablo II en la única visita al país que haya realizado un pontífice romano.

La afirmación del chamanto como prenda de prestigio se logró gracias a la labor de diferentes actores, que volcaron sus intereses en esta prenda. En primer lugar, las tejedoras que fueron perfeccionando la calidad y precisión de su trabajo, realizando cada vez prendas más finas y originales; en segundo lugar, los diseñadores de etiquetas comerciales, que volcaron su capacidad creativa a través de dichas etiquetas, con lo que se proyectó la imagen del producto a lo largo del tiempo; en tercer lugar, también participaron los escritores chilenos, pertenecientes a la corriente criollista, que pusieron al chamanto en un lugar de honor en sus obras literarias, donde apreciamos el caso emblemático del Gran Señor y Rajadiablos; y por último, las autoridades del Estado han jugado también un importante papel en este proceso puesto que han logrado, en reiteradas oportunidades, elegir con acierto al chamanto o prendas realizadas con la técnica de las chamanteras como obsequios para los más importantes visitantes de Chile.

No menos relevante es destacar el papel que jugó el público objetivo de esta glamorosa prenda de vestir, la élite. Dichos círculos, en las mismas épocas, prefirieron elementos europeos antes que nacionales y americanos. Un paralelo interesante puede observarse con el mundo de la vitivinicultura. Antes del afrancesamiento de las élites, cuando se elaboraban vinos propios hechos con uvas locales, como la país, la utilización del poncho de lana se encontraba extendida en todas las capas de la población. Podía variar la calidad de la fibra, pero la materia prima no variaba. Al llegar el siglo XIX, las élites sucumbieron casi completamente al influjo francés. El gusto se adaptó. Y como consecuencia, estas mismas élites terminaron prefiriendo el consumo de vinos franceses o elaborados con uva francesa o europea y cambiaron la materia prima por hilos franceses, mejor apreciados por ellos en este periodo. Así, y casi en abierta contradicción con la élite nacional, las de la VI región prefirieron un producto típico adaptado al nuevo sentir, generando un mercado gracias al cual los campesinos pudieron posicionar sus productos típicos.

 

Notas

1 Los valores de un chamanto pueden variar, en un rango desde los $2.000.000 hasta los mencionados $2.700.000. Estas diferencias son debidas, en estricto sentido, a la cantidad de colores que posea un chamanto: mientras más colores, más costoso resulta, pues se utiliza más hilo en su realización, hilo que solo puede comprarse en cono de a kilo (no en pequeñas porciones). Información desprendida de entrevistas realizadas a la Asociación de Chamanteras de Doñihue, el 30 de septiembre de 2016, por el grupo de investigación FIC-R “Rutas de la Patria Nueva”. Entrevistadas: Luisa Cantillana, Filomena Cantillana, María Arriza, Cecilia Calderón, Elizabeth Vidal, María Teresa Alarcón, María Elena Carrasco, Mónica Cantillana, Olivia Canales, Pamela Muñoz, Eugenia Vidal, Lucía Acevedo, María Ester Cantillana, María Soledad Vidal, Nelly Bertán, Nully Rojas, María Bernarda Núñez, Diana Alegría, Carmen Carrasco, Eudimilia Calderón e Irene Contreras.

2 En orden a delimitar la especificidad del chamanto, se aclara en este espacio la diferencia entre poncho, balandre, manta corralera y chamanto. En primer lugar, las mantas y ponchos son objetos textiles de una pieza, cuadrangulares, con una abertura al centro para la cabeza, sin otra intervención aparte del decorado o la terminación de los bordes, que llegaban hasta las rodillas, realizados tanto en lana como en pelo de camélido (Alvarado y Guajardo, 2011: 8-20). Por su parte, el balandre era una “prenda rectangular con un orificio para meter la cabeza” (Menéndez Pidal, 1986: 71). Al cruzarse las tradiciones indígenas y europeas en América, se desarrolla una cultura textil singular que dará origen, en estas tierras, al chamanto y manta corralera. El poncho, por una razón práctica, va disminuyendo su tamaño y adquiriendo un diseño estructurado solo en campos y listas. Cuando esta prenda adquiere un borde liso, doblado con guarda, y está elaborada de hilo, se transforma actualmente en la manta corralera (Guajardo y Gruzmacher, 1998: 64-65). El chamanto, por su parte, “consta de un tejido rectangular de lana o hilo liseda, tejido a telar, con un corte horizontal en el centro, llamado boca para pasar la cabeza. Está dividido en cuatro campos de labor y cuatro lisos, con colores muy bien combinados que reproducen diseños orgánicos de flores y plantas. El chamanto tiene la particularidad de ser reversible o de doble faz y generalmente forma un conjunto con la faja. Es una pieza más decorativa que utilitaria (...). El chamanto es una prenda indispensable en fiestas tales como el rodeo, las ramadas del Dieciocho de Septiembre, el baile de la cueca, las procesiones religiosas y las presentaciones de parada” (Cordero, 2012: 3).

Por otra parte, el área geográfica de realización del chamanto, actualmente, es la comuna de Doñihue, Provincia de Cachapoal, Región de O’Higgins. Lo que resguarda la DO es el saber de las chamanteras, nacidas y criadas en el lugar y que recibieron su saber de sus madres y abuelas. También son relevantes las características del medio físico que impactan en su labor. La flora y fauna que queda retratada en los chamantos, la paz que se respira y que permite mantener la mente en calma y, por sobre todo, la luz del lugar, son señaladas por las mismas chamanteras en las entrevistas señaladas como fundamentales para lograr los resultados de sus maravillosos textiles: “La luz de Doñihue es óptima para tejer al telar. Sin luz no trabajamos. La luz nos mantiene despiertas. El telar cansa y sin luz cuesta tejer: me gusta la perfección total. Hay motivos y colores que desgastan más que otros. Por ende, debemos trabajar cuando la mente esté descansada” (Entrevista Filomena Cantillana, Presidenta de la Asociación de Chamanteras de Doñihue).

Por estos motivos, el chamanto de Doñihue es único. Se realiza principalmente de hilo, aunque en ocasiones puede ser ex profeso encargado de lana de oveja merino, lo que resulta un precio más elevado (por la materia prima y por lo dificultoso de lograr el teñido y los diseños con lana). Utiliza una técnica denominada de doble urdiembre por medio del cual resulta un textil que presenta dos caras (positivo y negativo) con posibilidad de usarse por ambos lados. Si bien las prendas son personalizadas, existe un universo de diseños y colores que se corresponden con su medio, siendo los más habituales. Los colores tradicionales han sido definidos por las mismas chamanteras como rojo, burdeos, azul, negro, gris, beige, amarillo y verde. En cuanto a las labores, las tradicionales han quedado definidas como espigas, copihue, guías de parras, guías de zarzamora, herraduras.

3 Un trabajo completo en este sentido se encuentra en desarrollo bajo la dirección de Felipe Cussen.

4    Véase <http://sigpa.cl/dominio:textileria.html> Cfr. Julio Retamal Ávila.

5    En la sección Periódicos y Microformatos de la Biblioteca Nacional de Chile se encuentra la colección de periódicos chilenos más completa de los siglos XIX y XX hasta la actualidad. De este acervo documental se han relevado completamente los periódicos de la Región del Libertador Bernardo O’Higgins. En total, se trata de 244 diarios que se extienden temporalmente desde el año 1848 para el periódico relevado más antiguo (El Regional O ’Higgins de Doñihue) hasta junio del año 2016 (El Rancagüino de Rancagua).

6    Fabricantes especializados Familia Avar Sacho, véase <http://vicunaavarsaracho.blogspot.cl/>

7    Véase <https://cronicasperiodisticas.wordpress.com/2009/04/29/detras-del-evo-fashion/http://www.carasonline.net/estilo/pasarela/452319/disenadora-top-detras-ropa-evo-morales/ http://nuevoscronistasdeindias.fnpi.org/sillerico-el-hombre-que-viste-a-evo-morales-una-cronica-de-alexayala/> Valores de referencia, puesto que se trata de precios especiales a Evo Morales. Aunque, de todos modos, se afirma que sus trajes no pasan de U$S 350, al menos los elaborados por Sillerico.

8    Hemos utilizado como referencia los valores entregados por Pablo Lacoste en “Chamantos, ponchos y balandres en Colchagua y Rancagua (siglos XVII-XIX)”, inédito.

9    Entendemos las limitantes de este método, pero resulta provechoso usarlo a modo de referencia, dado que no existen otras alusiones documentales más concretas que las que presentamos. Por ello, tomamos como dato el valor de la oveja, al que podemos asignarle valorización durante todo este periodo y hasta el presente. En la segunda mitad del siglo XIX, las ovejas en la sexta región valían $1 peso cada una (1859) o 1,25 en 1867. Los corderos valían 50 centavos cada uno (1867) y los carneros eran más caros (entre 1,75 y 2,75$), entre 1859 y 1881.

10    Información disponible en: <http://www.elpinguino.com/noticias/119408/Precio-del-cordero-las-dos-caras-de-la-moneda>; <http://www.goldensheep.cl/el-precio-del-cordero-en-chile>. En los valores entregados en terreno (Kurarrehue, 5 y 6 de noviembre de 2016) los valores de las ovejas partirían en $40.000 hasta $60.000.

 

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*Proyecto Fondecyt 1130096 - Proyecto FIC. Gobierno Regional de O’Higgins. Proyecto FIC R “Rutas de la Patria Nueva”.

Recibido : 6/12/2016    Aprobado : 10/2/2017

 


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